viernes, 12 de marzo de 2010

"EL TERREMOTO DE 1940". ¡LA EXPERIENCIA DE JOSÉ CARLOS!.

Terremoto del 24 de Mayo 1940. 
Me faltaban cuatro meses para cumplir los 6 años de edad. Mis recuerdos en esa casita de la calle Carmen en Surquillo, son agradables y ligados a la casi siempre costumbre de oír la radio. Aquella salita acogedora y ese receptor antiguo que me parecía mágico. Inocentemente hurgaba en busca de quienes hablaban y me los imaginaba unos seres pequeños dentro de esa caja de madera. Todavía se conserva en San Diego, con sus tubos y otros elementos que nos permitían sintonizar la radio del Perú y el extranjero. Ese era el panorama evocativo de mis primeros años y fue precisamente en 1940, el 24 de Mayo, cuando jugaba distraído en el comedor y empecé a sentir ese ruido que crecía y me aturdía.

El piso me desestabilizó con su ondear y me sorprendí de ver como todos los objetos caían y las paredes vibraban con tal intensidad que advertí, en una de sus esquinas, un desprendimiento que cayó estruendosamente al piso. La mente de este niño no estaba preparada para tal suceso y se podría decir que no tenía temor. Mi madre, que tomaba un baño en la ducha, apareció con una colcha cubriéndola y ante su grito de ¡Saquen a los chicos!, Albina, una buena mujer que nos cuidaba, me tomó de las manos y con César en brazos de mamá llegamos a la puerta de calle. Todavía existente el temblor, una polvareda no permitía observar nada. Las caras de terror de la gente completaba ese panorama de tragedia.

Mi padre en su trabajo y mis hermanos en el Colegio, ahondaban mucho más la preocupación de mi madre. Siempre hemos comentado con Antonieta, mi esposa, si aquel terremoto que marco 8.02 en la escala de Richter ¿fue mayor a los que sucedieron en todo el transcurrir de nuestras vidas?. La verdad es que si. Debo aclarar que Chorrillos sufrió el mayor impacto de destrucción. La mayoría de casas surquillanas, unas de construcción noble y otras de adobe, no soportaron el sismo. Sin embargo esa casita de la calle Carmen, en donde nos sorprendió el terremoto, se conserva  tan igual a la de 1940. Cada vez que paso por el lugar, siento nostalgia de mi niñez y esos sucesos.

El cementerio surquillano se vino abajo del todo. Recuerdo que cuando íbamos al colegio teníamos que sortear los ataúdes destruidos y que dejaban ver las osamentas  en macabras escenas. Nuestra niñez no nos dejaba pensar en esa triste realidad y con los amigos nuevos del barrio, "jugábamos" inocentemente. Los más curiosos nos sorprendían portando en sus manos fémures, cráneos y otros restos humanos que daban miedo. Desde allí se hizo costumbre asustar a los alumnos en el colegio primario, a modo de corregir malas actitudes, encerrarlos en el cuarto oscuro y que tenía como "inquilino" a una calavera. Peor aún, cuando una vela, dentro del cráneo humano,  causaba efectos espeluznantes.

Hoy con todo lo acontecido en Chile y los recuerdos de Ancash, desastres verdaderos y crueles, quien escribe esto como aficionado reseñador del pasado, debo admitir que la Naturaleza nos llama a la reflexión. Todo ese panorama de los cambios climáticos que nos presagian un final de la Tierra, gracias a Dios, lejano, debe inducirnos a volver a nuestras antiguas costumbres de hermandad y creencias. No cuesta nada amarnos los unos a los otros. A la juventud, mis mejores deseos y que recuerden que el Mundo seguirá siempre igual. Son muchos los que intimidan con presagios catastróficos a quienes no tienen fe en Dios. Inclusive, muchos creyentes, caen en los engaños y cambian de creencias religiosas. Gracias.


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